Rompimos las apuestas

Después de unos días de visita; de que nos diera un poco de aire puro y estirar las patas; de sudar y sudar quinina… al fin nos quedaba nuestra última etapa.

Escasos kilómetros nos separaban de Hombori.

Iniciamos la marcha entre alegres y extrañados, porque sabíamos lo que esto significaba. Recorrimos los últimos 200km por una carretera semi decente a ratos, viendo como el paisaje volvía a desertizarse.

Por mantener la emoción hasta el final, un ternero decidió no apartarse de nuestro camino, si no echarse encima y en una maniobra brusca evitamos la colisión. Pero hubiera sido divertido pulverizar el coche a excasos 50 km. Con la de animales que habíamos esquivado y va el ternero y decide ir al revés que todos los demás.

Según íbamos llegando pudimos contemplar la Mano de Fátima, una formación rocosa que según la perspectiva parece una mano.

A la llegada a Hombori nos llevaron a casa de Tom Tom donde coincidimos con otros voluntarios. Allí acampamos en el tejado y pudimos disponer de baño limpio y comida. Además de una familia muy hospitalaria.

Adecentamos el coche lavándole por fuera y por dentro, quitando los kilos de arena que llevaba o al menos los que se pudieron.

Conocimos a Joan, que llevaba varios meses conduciendo una ambulancia que también había bajado de CC y allí operaba.

Dedicamos los dos días que estuvimos a reposar, visitar Hombori y charlar con el resto de voluntarios que por allí andaban (cuatro personas).

Uno de los días hicimos una escapada al monte Hombori, el lugar más alto de malí y como no, vimos como una tormenta se nos echaba encima diluviando a todo diluviar y estropeando cualquier aparato electrónico que lleváramos. Si es que, había que cerrar por todo lo alto el viaje.

Nos hubiera gustado hacer entrega del coche al prefecto, pero a nuestra llegada él debía estar fuera, así que sabiendo que Rafa llegaría en breve dejamos que él hiciera los honores.

Nosotros debíamos regresar, especialmente los compañeros por cuestiones laborales. Nos hubiera gustado estar algo más y poder actuar incluso, pero lo cierto es que la fatiga ya se acumulaba y había ciertas ganas de regresar.

Con nosotros viajaron dos voluntarias a quienes el señor cónsul había conseguido meter el miedo en el cuerpo. Y el miedo es libre y respetable, así que no tuvimos problema en que vinieran, eso si, instándolas a visitar algo de Malí. Hombori sigue figurando en la zona peligrosa del MAEC y en fin, yo sigo sin ver donde está el peligro, pero bueno.

Lo que nos queda de viaje se resumen en reposar en Bamako, recoger los instrumentos; una pequeña avería de autobus; retrasos en el avión y despedidas…varias despedidas. La más absurda, la del coche, pero había que despedirse de él. Y ninguno de nosotros negará que lo miramos y tocamos una última vez.

La más emotiva, en Madrid, cuando ya cada uno debía ir por su lado.

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De la mano...
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